Los sindicatos no pueden ser políticamente neutrales ni tiene sentido que lo sean, por dos razones: 1) porque sus decisiones (firmar o no una reforma laboral, convocar o no una huelga general, etc.) tienen inevitablemente efectos políticos, y puesto que esto es así, lo lógico es evaluar conscientemente esos efectos a la hora de tomar decisiones; y 2) porque, en los períodos de crisis profunda, la lucha económica siempre acaba por ser una lucha de toda la clase obrera contra toda la clase burguesa, o sea una genuina lucha política.

Durante todo el período anterior, antes de que se iniciase esta grave crisis que sufre el capitalismo, los marxistas defendimos un sindicalismo combativo, de clase y democrático frente a la acción sindical pactista de los dirigentes de CCOO y UGT. En esos años, a pesar del crecimiento espectacular de los beneficios empresariales, los trabajadores no vimos mejorar nuestra situación; al contrario, la precariedad alcanzó cotas históricas y los salarios perdieron poder adquisitivo, lo que constituye la mejor prueba del total fracaso del modelo sindical aplicado. No cabe ninguna duda de que con el modelo que propugnamos los marxistas la clase obrera también habría logrado beneficiarse de los años de vacas gordas. Pero en la actual situación de grave crisis económica ni siquiera nuestro modelo sindical es una garantía absoluta frente a los ataques empresariales porque los ciclos económicos recesivos ponen en evidencia los límites objetivos del sindicalismo para defender los intereses de la clase obrera.  

La función del sindicalismo es agrupar a los trabajadores para colocarnos en una mejor situación a la hora de negociar con el empresario el precio de la mercancía que ofrecemos: la fuerza de trabajo humana, nuestra capacidad física e intelectual para desarrollar un trabajo. Este precio está compuesto por diversos elementos. El más obvio es el salario que cobramos en la nómina. Pero también hay elementos indirectos: el salario diferido (como pueden ser las cotizaciones a las Seguridad Social), las condiciones laborales (como la jornada), las conquistas sociales (como las licencias retribuidas, los servicios de comedor o de guardería, etc.).

Evidentemente, cualquiera se puede dar cuenta de que la negociación colectiva es mucho más ventajosa que la negociación individual, es decir, permite obtener un precio mayor por las mercancías. En esencia, el sindicalismo es lo mismo que intenta hacer cualquier grupo de productores a la hora de colocar su mercancía en el mercado. Sólo que la fuerza de trabajo humana es una mercancía especial: tiene la capacidad de crear riqueza (plusvalía). Pero como Marx explicó muy bien, a pesar de ello para la fuerza de trabajo humana rigen exactamente las mismas leyes económicas que para el resto de las mercancías. Con razón se habla de "mercado laboral".

La ley de la oferta y la demanda

En la economía capitalista, la principal ley que determina el precio de una mercancía es bien conocida: la ley de la oferta y la demanda. Si la oferta es mucha y la demanda es poca, el precio de la mercancía tiende a bajar; si la oferta es poca y la demanda es mucha, el precio tiende a subir. Para la economía de libre mercado, la fuerza de trabajo humana es exactamente igual que las patatas, y como tales es tratada. Sólo que los trabajadores no somos cosas, sino seres vivos con conciencia, sensibilidad y dignidad.

Aplicado al precio de la fuerza de trabajo, esta ley significa que en las épocas de boom -cuando baja el paro porque hay demanda, las empresas tienen pedidos y necesitan mano de obra- los salarios tienden a subir, y que en las épocas de recesión -cuando aumenta el paro porque la demanda se contrae, las empresas tienen poco trabajo y reducen plantilla- los salarios tienden a bajar. Dicho en otras palabras: la situación de la economía condiciona objetivamente la lucha entre el trabajo asalariado y el capital por el reparto de la plusvalía.

Uno de los factores fundamentales que condiciona esa lucha es el nivel de desempleo. De hecho, Marx denominó a los parados como "el ejército de reserva del capital". En este sentido, la realidad es muy negativa. Durante el primer trimestre de 2009 el paro aumentó en 476.000 personas, sumándose así al 1.200.000 parados de 2008. Un auténtico drama para quienes perdieron su empleo y también una enorme losa para los que siguen trabajando. Pero además del ejército de reserva clásico, los capitalistas disponen ahora de un ejército de reserva global, a través de dos fenómenos nuevos: la inmigración masiva y la deslocalización empresarial, que no sólo utilizan para presionar a la baja las condiciones laborales, sino también para fomentar prejuicios xenófobos que creen divisiones en el seno de la clase obrera, al presentar a los trabajadores de otros países (inmigrantes o no) como los culpables de la degradación de las condiciones laborales de los trabajadores nativos, para desviar así su propia responsabilidad en tal situación.

En resumen, unas condiciones objetivas que perjudican la lucha sindical y que pondrán de relieve los límites del sindicalismo a la hora de defender los intereses de los trabajadores en un contexto de recesión profunda. La única manera de superar esos límites es a través de la extensión de las luchas (para así aumentar la presión que se ejerce sobre los capitalistas) y, sobre todo, el desarrollo de la faceta política de la lucha de los trabajadores.

El problema es el capitalismo

Para los marxistas, la contradicción entre la clase obrera y la burguesía es consustancial al sistema capitalista. En ocasiones, esta contradicción es relativa, es decir, a pesar de que las diferencias de clase siguen existiendo o incluso aumenten, los trabajadores ven mejorar su situación material. Un claro ejemplo fue el período de boom económico que siguió a la Segunda Guerra Mundial y que sustentó el llamado estado del bienestar. Pero en otras ocasiones, esa contradicción se vuelve absoluta, es decir, los empresarios sólo pueden mantener sus tasas de beneficio a costa del deterioro de las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera. Ahora estamos una de estas ocasiones, y esto significa que no basta con luchar contra los efectos del capitalismo. La defensa de los intereses de los trabajadores exige luchar contra el sistema.

Aspirar a delimitar el poder del capital tampoco es una alternativa. Los trabajadores no podemos caer en la trampa del capitalismo de rostro humano que nos quieren vender algunos, entre ellos la socialdemocracia, precisamente para preservar este sistema. El capitalismo ya tuvo "rostro humano" (aunque sólo en algunos países occidentales, porque el tercer mundo nunca conoció el estado del bienestar), pero ese capitalismo desapareció porque los propios capitalistas lo hicieron desaparecer atacando sistemáticamente todas las conquistas del movimiento obrero en los países desarrollados. Aspirar a restaurarlo es un enfoque reaccionario. La auténtica aspiración de los trabajadores debe ser acabar con el capitalismo, hacerlo desaparecer de la faz de la Tierra.

La disyuntiva del movimiento obrero

El movimiento sindical tiene ante sí dos opciones: o colaborar con la burguesía, o contribuir a la transformación socialista de la sociedad. Las consecuencias de optar por la primera son evidentes y no merecen más comentario.

Cuando se plantea esta segunda opción, enseguida salta el coro de los defensores de la independencia política de los sindicatos. Los marxistas estamos de acuerdo. Pero decimos que, en primer lugar, los sindicatos tienen que ser independientes del enemigo de clase (los capitalistas y el Estado burgués), para lo que necesitan poseer un programa, una estrategia y una táctica propias que les permitan cumplir su función de defensa intransigente de los intereses generales de la clase obrera. Si no es así, el resultado práctico final -guste o no guste, se sepa o no se sepa, se quiera o no se quiera- es favorecer a la burguesía.

El discurso de la neutralidad política de los sindicatos es un reflejo de la influencia política de la burguesía en el movimiento obrero, a la que le gustaría que los dirigentes sindicales le dieran un apoyo político directo, pero, como sabe que esto es imposible, intenta que al menos no apoyen a la izquierda, lo que en la práctica se traduce en ayudar a mantener el statu quo. Cuando un sindicato pierde el referente político de izquierdas se ve sometido a la influencia ideológica de clases ajenas a los trabajadores. La mejor prueba de ello es que los dirigentes sindicales que más defienden la independencia política de los sindicatos son también los máximos defensores del consenso y el pacto social, y en ocasiones hasta acaban por hacerle favores políticos a la derecha. La historia de CCOO (a falta de saber dónde acabará finalmente Fidalgo) corrobora a la perfección este análisis.

Por un sindicalismo revolucionario

Los sindicatos no pueden ser políticamente neutrales ni tiene sentido que lo sean, por dos razones: 1) porque sus decisiones (firmar o no una reforma laboral, convocar o no una huelga general, etc.) tienen inevitablemente efectos políticos, y puesto que esto es así, lo lógico es evaluar conscientemente esos efectos a la hora de tomar decisiones; y 2) porque, en los períodos de crisis profunda, la lucha económica siempre acaba por ser una lucha de toda la clase obrera contra toda la clase burguesa, o sea una genuina lucha política.

El sindicalismo sólo adquirirá pleno sentido, sólo será auténtico sindicalismo de clase, si se opta por la segunda opción: adoptar un programa de transformación social, inscribir la lucha sindical en el seno de la lucha por el socialismo.

Es más, incluso desde una perspectiva meramente economicista, esta segunda opción es la más adecuada en una situación como la actual porque el riesgo de perderlo todo es el mejor "argumento" para que la burguesía haga concesiones. Como explica Rosa Luxemburgo en su magistral obra Reforma o revolución, las reformas sociales siempre son un subproducto de la lucha revolucionaria de la clase obrera.

Para que esto pueda ser así, los dirigentes sindicales tienen que guiarse por principios claros y firmes, es decir, tienen que estar comprometidos políticamente con las ideas del marxismo, tienen que militar en una organización marxista. El reto urgente que afronta hoy el movimiento obrero es precisamente construir una corriente marxista dentro de los sindicatos que gane una influencia decisiva para que la clase obrera pueda cumplir su misión histórica, dándole así una solución definitiva a las calamidades que sufrimos: la transformación socialista de la sociedad. Esta es la tarea de la Corriente Marxista EL MILITANTE, y a ella te invitamos a unirte porque la situación lo requiere

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